Vino con Resina de Pino .. y un poco de historia.

El vino tal y como lo conocemos hoy en día era algo a veces imbebible en la antigüedad. Era difícil de conservar sin echarlo a perder.

La mayoría de las civilizaciones mediterráneas solo consumían los vinos jóvenes, que conservaban en diversos recipientes de madera o metal y que no quedaban completamente cerrados, favoreciendo la oxigenación excesiva del vino, propiciando que se agriaran y que finalmente se transformaran en vinagre.

Los egeos de la isla de creta fueron los primeros en utilizar ánforas para transportar y almacenar los alimentos.

Dibujo : Mirella Gómez

Los griegos y los Romanos adoptaron más tarde esta solución, y para conservar el vino, la optimizaron tratando las ánforas a base de un baño interior de Brea o Pez procedente de la resina de pino, que permitía impermeabilizar las ánforas y que el líquido no se filtrara a través del material poroso. Esta materia resinosa, se emplearía también para tratar las tapas o tapones con los que se cerraban y se sellaban las ánforas. De esta manera podían transportar el vino en condiciones optimas

El uso de la resina de pino también se utilizaba para dar sabor al vino antes o durante la fermentación, añadiendo trozos de esta sustancia y una vez concluido el proceso se retiraban.

Se consiguió así sin querer preservar el vino y criarlo por largos años con el uso de esta sustancia tanto en la elaboración como en el almacenaje, ya que el objetivo de añadir la misma al proceso era el de dar sabor al vino sin saber que lo que se estaba haciendo era evitar la oxidación y realizar lo que hoy en día se consigue con el sulfito.

La resina de pino se convertiría de esta manera en el antiséptico y producto enológico más antiguo para la conservación del vino, y cuyo uso ha persistido en los vinos griegos de la actualidad, como veremos más adelante.

Se ignoraba la influencia perjudicial del aire sobre el vino, que 25 siglos más tarde demostró el biólogo francés Pasteur.

Así preservando el vino de esta forma se conseguirían vinos como el Falermo, que fácilmente aguantaban entre 15 y 25 años sin perder cualidades e incluso mejorándolas.

Generalmente en el proceso el primer mosto obtenido se reservaba y se mezclaba con miel para realizar el mulsum, una bebida que se servía al comienzo de los banquetes. El resto se dejaba fermentar en grandes tinajas de barro enterradas hasta el cuello en el suelo para facilitar el control de temperatura.